Universidad y razón instrumental

Jürgen Habermas caracteriza lo humano a partir de dos condiciones: el trabajo y la interacción comunicativa (simbólicamente mediada a través del lenguaje). La noción de trabajo –en la que según Marx el hombre transforma la naturaleza y a sí mismo– incluye su desarrollo como instrumento para un fin determinado. Esta razón instrumental, la utilización de la capacidad humana orientada a resultados antes que a valores, ha experimentado a lo largo de la modernidad un impresionante crecimiento y expansión. Una razón instrumental que como dirían Adormo y Horkheimer es una finalidad sin fin (o sea –Ricardo Forster dixit— que puede usarse para cualquier fin).

Esta instrumentalizacíon, que Max Weber llamaba la racionalidad con arreglo a fines, ha logrado hegemonía y no es fácil escapar a su extorsión. El eficientismo, la tecnocracia, el culto del éxito y las políticas de control son algunas de las más claras manifestaciones de esta omnipresencia. Como contrapartida, asistimos a un detrimento notable de las prácticas interactivas vinculadas a la reciprocidad, y a una desvalorización del mediador que las hace posibles: el lenguaje. En muchos casos –incluso en las universidades–, la palabra parece haber quedado relegada a ser un instrumento para argumentar. El alumno que frente a una nueva noción sólo pregunta “¿y ésto para qué me va a servir?”, es sin saberlo reproductor y víctima del discurso dominante. Lo retroalimenta en tanto la soberbia de su requisitoria se sustenta en el consenso social del que es parte; lo sufre en la medida en que su pregunta lo aísla cada vez más de todo conocimiento que no sea funcional a la hegemonía.

Como institución social, la Universidad no es ajena a las presiones y requerimientos del entorno, canalizadas a través de padres, empresas,medios masivos, etc. Se espera de la Universidad un modelo de egresado solidario con el monopolio de la razón instrumental. Exitismo y fantasmas laborales para unos, fundamentalismo económico para otros, todos pretenden que los claustros produzcan profesionales “llave en mano”, es decir formados a expreso dictado de sus necesidades. La promesa es que este acatamiento encierra la clave de la “inserción laboral”. Cualquier desviación, por el contrario, amenaza con negar el ingreso del paraíso. No es casual que inserción remita a la colocación de una pieza hecha según una especificación en un espacio previamente adjudicado.

Me animaría a decir a priori, que el grado de vinculación entre el quehacer docente y las condiciones de demanda laboral no es similar para todas las actividades, y que esta vinculación –real o pretendida–, es mayor para aquellas que como la nuestra constituyen la prestación de un servicio técnico. Es particularmente en este tipo de carreras donde crece incesantemente la presión para que los contenidos de la actividad universitaria se estructuren en función directa de los requerimientos específicos de los futuros empleadores.

Las presiones que sufre la universidad no son sólo externas. Los padres que realizan un sacrificio para garantizar la educación de sus hijos pretenden con derecho un futuro mejor para ellos. Los alumnos responsables esperan que su esfuerzo sea redituable no sólo en términos morales. Extorsionados por el espejismo de la mágica salida laboral, se preguntan permanentemente si están en la dirección correcta. Sienten con angustia que se comprometen sus posibilidades en lo que socialmente y no por casualidad se ha dado en llamar una carrera profesional. Día a día demandan a la universidad más conocimiento instrumental en la creencia de que eso los preparará mejor para disputar un puesto, y al hacerlo cierran el círculo vicioso. Más que eso, en muchos casos subvencionan a sus futuros empleadores al costearse capacitaciones puntuales que no les corresponderían.

He visto a mucho jóvenes alejarse a quinientos kilómetros de Buenos Aires para evitar concurrir a votar a políticos supuestamente corruptos. Pero no he visto a nadie mudarse a quinientos kilómetros de las empresas que los corrompen. Por el contrario, hacen fila a sus puertas currículum en mano.

Como no podía ser de otro modo, la perversión se manifiesta en el lenguaje:

Interrogado acerca de qué cosa es la gravedad, el estudiante responde con esfuerzo: –“Es cuando las manzanas caen del árbol”, demostrando –además de una severa enemistad con el pensamiento abstracto– que opta por la modalidad preferida de la razón instrumental: definir las cosas sólo por los efectos que producen. Esta época siente particular estima por la efectividad, el efectivo y los efectos (estos últimos especiales, si es posible).

Del otro lado también se cuecen habas. En su esfuerzo adaptativo por congraciarse con el alumno y parecer integrado al mundo profesional, el profesor solicita en la mesa del final: –“Ahora vendeme tu proyecto”. Y enseña así –¿sin quererlo?– que la capacidad de expresión verbal es necesaria sólo a efectos de una transacción.

Obviamente, quien esto escribe no ignora la enorme complejidad de los procesos de enseñanza, ni pretende explicar todo a la luz de la creciente instrumentalización (y consecuente mercantilización) de la vida. Por el contrario, se trata apenas de focalizar algunos hilos de la trama intrincada en la que actuamos.

Ortega y Gasset decía en su “Misión de la Universidad” que más que expertos la universidad debía formar hombres que estuvieran a la altura de su tiempo. Nadie duda, no obstante, que estos hombres deben y quieren trabajar (la real posibilidad de que esto suceda en el futuro y de qué modo es objeto de otro debate). Cuando hablamos de mercado profesional en la Argentina, hablamos de un espacio drásticamente reducido y cuya difícil accesibilidad le brinda una altísima capacidad coercitiva. A esto se suman dos características propias de todo el capitalismo postindustrial que en nuestro país se verifican con particular intensidad: enorme homogenización e inmediatez del beneficio.

Más que nunca, entonces, y a pesar de todas las dificultades, no podemos perder de vista la razón de ser de la Universidad. Estudiar, aprender e investigar para ampliar el territorio de nuestro conocimiento –sin desmedro de posteriores aplicaciones– es lo que nos convoca en primer término.

Sea cual fuere el ámbito disciplinario, la fuerza de la ligadura entre la misión docente y el mercado profesional dependerá de cuál sea nuestra idea de Universidad. De saber en definitiva, con qué objetivo enseñamos, si es que enseñamos, y aprendemos si es que aprendemos. Y de definir como comunidad académica cuáles son nuestras expectativas respecto de los egresados que formamos o dicho de otro modo, determinar cómo creemos que debe formarse un profesional hoy.

¿Cómo enfrentamos los integrantes de la comunidad universitaria las exigencias insaciables de instrumentalización? ¿Estamos en condiciones de responder dando al alumno –y a toda la sociedad– lo que creemos que necesitan antes que lo que reclaman? A sabiendas de que allí donde realmente se toman las decisiones sí hay pensamiento abstracto, ¿qué modelo de egresado vamos a “entregar” al denominado “mercado”?

Como bien sabían los miembros de la Escuela de Frankfurt, la lucidez y la conciencia crítica en medio de las turbulencias son funciones irrenunciables de los intelectuales y la Universidad. Sin tener que pagar un precio tan alto como ellos, estas son también nuestras responsabilidades.

Así como los partidos políticos van dejando de ser productores de doctrinas para convertirse en proveedores de funcionarios, así se espera que las universidades sean proveedoras de profesionales ad hoc. Despues de todo, proveedor es una de las pocas categorías de las que el mercado dispone para ubicar las cosas… y las personas. Personas cuya formación personal, cultural y social pasa a segundo plano, siempre y cuando cumplan correctamente con la demanda. Y si consideramos que la demanda es cada día más y más homogénea, es fácil deducir el resto.

Pero la lógica del beneficio inmediato no puede ser el norte de una carrera universitaria. No es función de la universidad preparar al alumno para mejor cumplir con los caprichos del mercado dándole elementos que sólo serán de utilidad en el corto plazo. ¿Qué podemos entonces ofrecer como alternativa desde nuestro rol docente? A mi entender, cuatro nociones al menos:

Complejidad

Frente al reduccionismo de autoayuda, se requiere una visión compleja, capaz de interpretar los problemas y los fenómenos como productos de múltiples determinaciones y de negociar con la pluralidad renunciando al esquematismo simplificador.

Heterogeneidad

Ante la homogeneidad creciente, alentar y preservar la diversidad como condición necesaria de la creatividad y la superación intelectual. Como sugería Heinz von Foerster, ante la duda actuar de modo de producir la mayor cantidad posible de alternativas.

Generalismo

Contra el especialismo, universitas. La sociedad requiere cada vez más, profesionales capaces de articular distintos saberes, de quebrar la estanqueidad de las disciplinas y repensar los problemas con amplitud combinando inteligencia y sensibilidad.

Conciencia histórica

El estar “a la altura de los tiempos” de Ortega requiere una lucidez capaz de trascender la vorágine de la inmediatez y de asomarse al vértigo de pensar con la propia cabeza.

Ante las cambiantes demandas del mundo profesional la universidad y sus docentes debemos  sí, dar respuestas, pero estas deben ser reflexivas y no automáticas, conceptuales y no sólo instrumentales, para establecer un balance entre el desarrollo intelectual aplicado y la búsqueda de la verdad y de significado por sí mismos. Y así como no puede exigirse a la universidad que se organice en torno a la lógica del beneficio, tampoco puede esperarse del mercado cuyo objetivo –si no legítimo por lo menos legal– es el lucro, que contemple espacios para la reflexión y el análisis. Esa tarea es nuestra.

Y si, como pensaba Raymond Williams, junto a lo dominante que ha logrado hegemonizar el campo y lo residual que se resiste a desaparecer hay en todo proceso cultural un discurso nuevo, emergente, ojalá estos tiempos que nos tocan nos tengan en tanto académicos, como protagonistas

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